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Evangelio de hoy lunes 1 de octubre de 2018 | Juan 15:5

Recientemente escuché a una hermana de la congregación decir: “No sé por qué siempre vivo en pecado. Cuando ocurre algo que contradice mi voluntad, soy consciente de que debo poner en práctica las palabras del Señor, siendo paciente y tolerante con los demás, pero soy incapaz de hacerlo. No puedo llevarme bien con las personas que me rodean. Aún con mi marido y mis hijos, cuando ellos no hacen lo que yo quiero, no puedo ser tolerante. Muchas veces pierdo la paciencia con ellos. No hay paz ni felicidad en mi corazón, por lo que muchas veces me siento angustiada. Realmente no sé cómo volver a mi estado anterior, y cómo recuperar mi relación con el Señor”. Después de escuchar estas palabras, otros hermanos y hermanas expresaron lo mismo. Su situación me hizo pensar en las palabras de Jesucristo: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer. Si alguno no permanece en mí, es echado fuera como un sarmiento y se seca; y los recogen, los echan al fuego y se queman” (Juan 15:5-6). Al analizar estos versículos entendí que, por medio de la parábola de la vid y sus sarmientos, Jesucristo nos dice que es muy importante mantener una relación adecuada con Dios. El Señor nos asimila con los sarmientos, y a Él con la vid. Nuestra relación con el Señor es como la relación entre los sarmientos y la vid. Lejos de la vid, los sarmientos no tienen sustento, se marchitan y luego mueren. Solo si vivimos constantemente en Dios, leemos Su palabra y tenemos una relación apropiada con Él, seremos regados y nutridos por el Espíritu Santo, y llevaremos el fruto de la vida. Por el contrario, si permanecemos alejados de Dios con frecuencia, si nos aferramos al mundo y vivimos en el placer de la carne y los beneficios materiales y en raras ocasiones leemos la palabra de Dios u oramos a Dios, entonces, nuestra relación con Dios no será adecuada, ni obrará el Espíritu Santo en nosotros. Seremos como los sarmientos que se marchitan cuando están separados de la vid. Cuando el Espíritu Santo no obra en nosotros, en la apariencia externa podemos celebrar reuniones religiosas y seguir las normas establecidas como asistir a la iglesia, leer y estudiar la Biblia y orar a viva voz; pero en realidad todas esas cosas no tienen relación con Dios. Esto es porque involuntariamente estamos viviendo en pecado, bajo el dominio de Satanás, llevando una vida de pecado en el día y de confesión de los pecados en la noche, sin entregar nuestro corazón a Dios para estar en verdadera comunión con Él. Y porque no tenemos un lugar para Dios en nuestros corazones ni tenemos corazones para venerar a Dios, con frecuencia actuamos y hablamos de acuerdo con nuestras propias ideas, con nuestra actitud natural y arrogante y es difícil para nosotros actuar en armonía con Su voluntad. Si fallamos en seguir el camino del Señor, no tendremos alegría ni paz en nuestros corazones. No importa cuánto nos esforcemos o cuánto suframos: es inútil; sin importar durante cuántos años sigamos al Señor, no podremos alcanzar la vida. Ha sido determinado que establecer una relación adecuada con Dios es la base para entrar a la vida.
Entonces, ¿cómo podemos establecer una relación normal con Dios?
Me vienen a la mente unas palabras compartidas por una hermana: “Las personas creen en Dios, lo aman, y lo satisfacen cuando tocan el Espíritu de Dios con su corazón y, de ese modo, logran la satisfacción de Dios. Cuando contactan con corazón con las palabras de Dios, Su espíritu las conmueve. Si se quiere alcanzar una vida espiritual normal y establecer una relación normal con Dios, primero hay que entregarle el corazón a Dios y tranquilizar el corazón ante Él. Sólo después que se haya derramado el corazón ante Dios se puede, poco a poco, tener una vida espiritual normal. […] Si tu corazón se puede derramar en Dios, y mantenerse tranquilo delante de Él, tendrás la oportunidad, las cualificaciones, para que el Espíritu Santo te use, para recibir Su esclarecimiento e iluminación, y tendrás aún más la oportunidad de que el Espíritu Santo compense tus deficiencias. Cuando das tu corazón a Dios, puedes entrar de forma más profunda en el lado positivo, y estar en un plano más elevado de entendimiento; en el lado negativo, tendrás más entendimiento de tus propias faltas y deficiencias, estarás más dispuesto a buscar satisfacer la voluntad de Dios y, en un estado no pasivo, entrarás activamente, y esto significará que eres una persona correcta”. “Si quieres tener una relación normal con Dios, tu corazón debe volverse a Él […] Cuando uno no da su corazón a Dios, su espíritu se vuelve obtuso, insensible e inconsciente, y esta clase de persona nunca entenderá las palabras de Dios ni tendrá una relación normal con Él; esta clase de persona nunca cambiará su carácter. […] Cuando seas capaz de entregarle tu corazón a Dios, podrás percibir cada movimiento sutil en tu espíritu, y conocerás todo el esclarecimiento y la iluminación recibidos de Dios. Aférrate a esto, y entrarás poco a poco en la senda donde el Espíritu Santo te perfeccione. Cuanto más tranquilo esté tu corazón delante de Dios, más sensible y delicado será tu espíritu, y más capaz será de observar el movimiento del Espíritu Santo; entonces, tu relación con Dios se volverá más y más normal” (“Es muy importante establecer una relación normal con Dios”).
En estas palabras vemos que: si queremos establecer una relación correcta con Dios, tenemos que entregar nuestros corazones a Dios y muchas veces, sosegar nuestros corazones delante de Él. De todo nuestro ser, es en nuestros corazones que Dios pone gran valor. Tal como dice la Biblia, “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad” (Juan 4:24). Dios es espíritu. Solo con nuestros corazones nos podemos conectar con Su espíritu y establecer una relación adecuada con Él. Si queremos entregar nuestros corazones al Señor, primero tenemos que ir delante de Él con frecuencia, con un corazón sosegado y lograr una comunión real con Él por medio de las oraciones: tenemos que hablar desde nuestros corazones. Es decir, no tenemos que decir solo unas pocas palabras al azar o recitar una oración litúrgica; debemos en cambio abrir nuestros corazones y contarle a Dios nuestras circunstancias y las dificultades reales de nuestras vidas, y entregarle completamente nuestros corazones a Dios y buscar Su guía, Su potestad y Sus designios. Esto es lo que significa establecer una relación apropiada con Dios. Si por el contrario solo recitamos frases vacías o repetimos en nuestras plegarias algunas palabras de la doctrina, no tendremos una conexión genuina con Dios ni abriremos nuestro corazón a Dios para expresarnos; lo cual se asemeja a las palabras del libro de Isaías: “Dijo entonces el Señor: Por cuanto este pueblo se me acerca con sus palabras y me honra con sus labios, pero aleja de mí su corazón, […]” (Isaías 29:13). Esta clase de plegaria no es sincera. A los ojos de Dios, lo estamos traicionando. Dios no reconoce estas plegarias, mucho menos escucha estas oraciones superficiales. Como resultado, no tendremos Su aprobación ni podremos establecer una relación apropiada con Él.
Más aún, si queremos entregar nuestros corazones a Dios, tenemos que permitir que Dios gobierne nuestros corazones en todo. Debemos apaciguar nuestros corazones delante de Él, reflexionar sobre Sus palabras y buscar Su voluntad. Sin importar a qué nos enfrentemos, podemos buscar la voluntad de Dios y Sus exigencias en Sus palabras y actuar de acuerdo a ello. Entonces, nuestra vida puede ser satisfactoria a los ojos de Dios, y podremos vivir bajo Su cuidado y protección, y ya no nos vencerán las transgresiones. Sin embargo, en la vida real, pocas veces le entregamos nuestros corazones a Dios. La mayoría de las veces, nosotros nos gobernamos a nosotros mismos, no buscamos la verdad cuando aparecen los problemas, nos apegamos a lo superficial de la palabra de Dios; distorsionamos y hasta malinterpretamos Sus palabras de acuerdo con nuestras ideas y deseos. Externamente, aparentamos actuar acorde con Sus palabras; pero en realidad, ya hemos ido en contra de Su voluntad y Sus requerimientos. Como resultado, hacemos muchas cosas que no tienen nada que ver con la verdad y con frecuencia vivimos en una situación en la que no tenemos una relación apropiada con Dios. Aunque en el exterior seguimos a Dios, no le damos nuestros corazones a Dios ni vivimos delante de Él, y esto hace que Él nos repruebe y se oculte de nosotros. Al final, perdemos la obra del Espíritu Santo y vivimos en la oscuridad. Si siempre fracasamos en establecer una relación apropiada con Dios, gradualmente seremos devorados por Satanás. Tal como Jesucristo dijo: “Si alguno no permanece en mí, es echado fuera como un sarmiento y se seca; y los recogen, los echan al fuego y se queman” (Juan 15:6).
Por lo tanto, cuanto más practiquemos en entregar nuestros corazones a Dios, más apropiada será nuestra relación con Él, y recibiremos una mayor revelación e iluminación del Espíritu Santo y entonces deliberadamente seremos capaces de seguir la guía del Espíritu Santo. También podremos ver las cosas y enfrentar las situaciones basados en los principios de la verdad. De esta manera, veremos los hechos maravillosos de Dios en muchas cosas y comprenderemos Su voluntad y Sus exigencias, y desarrollaremos un verdadero entendimiento de Él. Al mismo tiempo crecerá en nuestros corazones la decisión y el deseo de amar y satisfacer a Dios. Seremos capaces también de dejar atrás nuestra carne y practicar la verdad dentro del ambiente en el que Dios nos ha colocado. Durante este proceso, gradualmente seremos liberados de nuestra arrogancia, nuestra prepotencia y otras conductas corruptas; Dios tendrá un lugar en nuestros corazones, la vida de temor y obediencia a Dios crecerá en nosotros y finalmente dará el fruto de la vida.

 

Versículo Bíblico ilustrado sobre evangelio de hoy

(Traducido del original en inglés al español por Lidia Norese)

Scripture quotations taken from LBLA. Copyright by The Lockman Foundation.

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